La felicidad es fruto de disolver, la queja, la crítica, la justificación y el reproche.

La verdadera felicidad, entendida como la alegría, como ya se dijo, es un estado natural del alma. La ausencia de ésta pone de manifiesto la identificación del yo con alguna de las modalidades egocéntricas o ambiciosas que le impiden aceptar la realidad de su vida, tal como está siendo. Sostener las ideas del pasado, que no coinciden con la existencia presente; resistirse a aceptar la vida como la representación vital que muestra la realidad interior, provoca en la consciencia personal, un estado de insatisfacción, alimentado por la idea de que la vida debería ser lo que se había pensado sobre ella.

Al contemplar la vida como una recreación de nuestro Ser, y las circunstancias en nuestro mundo como una coagulación externa de su naturaleza inconsciente, debemos aceptar la vida tal como se muestra ante nosotros, pues, como ya se dijo, “lo que se vive es la consecuencia de lo que se es” pues nuestro poder creador, a imagen y semejanza del Cosmos, favorece la representación externa, en el ámbito de las relaciones, en cualquier círculo: familiar, de pareja, social, laboral o de cualquier otro orden. Ese poder es el que muestra aquello que ha ser disuelto en nosotros para vivir el asunto de manera natural, si aceptamos trabajar sobre la idea preconcebida hasta que desaparezca en nuestro consciente. Por ello quejarse de las circunstancias, de los hechos, de la vida; criticar lo que percibimos, a los otros, al mundo, etc.; justificar nuestra forma de ser, nuestras acciones; o reprochar o demandar el comportamiento de otro, desde el supuesto derecho que nos atribuimos por cualquier razón posesiva, son todas acciones que nacen de la falta de amor y de la responsabilidad de aceptarnos tal como somos, adentro y afuera de nosotros mismos.

La queja es falta de amor hacia la vida, nosotros mismos, una suerte de orgullo y soberbia que se sustenta en la idea de que lo que pasa no está a la altura de lo que merecemos. Las cosas, desde esa modalidad desviada del ser atrapada en la mirada “chata” del yo, deberían de ser como uno las desea. La búsqueda de la satisfacción sostenida por una sola variante de la vida egocéntrica del yo, rechaza todo aquello que no valore como benéfico, centrando su percepción en lo cómodo y placentero de su repetitiva construcción limitada, asegurándose así la existencia pasada como símbolo de su naturaleza. El yo quiere seguir siendo lo que es, quiere crecer en cantidad no en calidad, quiere seguir sintiendo lo que ha definido como sí mismo, su identidad construida con una parcela limitada de la inabarcable dimensión de su verdadera realidad como Real Ser. De ahí que el mundo haya de ceñirse a las coordenadas “chatas” de las primeras etapas de su consciencia y desde ahí recrear, desde los mismos principios egocéntricos de su etapa infantil, el mundo a pesar de la realidad que el alma intenta mostrarle en el devenir de la existencia. La queja pues, está basada en la demanda de un yo “infantil”; aquel que se resiste a ser trascendido imponiendo a través de su discurso como deberían de ser las cosas para seguir obteniendo lo que se imagina que se merece, por el esfuerzo, su persona o la memoria de lo que obtuvo en otro momento de su experiencia pasada: Llueve, es un hecho; llueve porque está lloviendo. No llueve para ti o contra ti. Llueve es algo natural en la vida, puede ser que no sea lo que habías imaginado, que no hubiera estado en tu proyección del futuro, que no coincida con tu necesidad pasada proyectada al presente, pero llueve, eso es así. La queja del hecho impide apreciar la verdadera dimensión de la lluvia, de ti en relación con ella, de todo lo que podrías descubrir si te adentras en el hecho y te dispones a interactuar con la evidencia de que llueve. Si te quejas, tienes el derecho a decir que se te está “fastidiando”, que tienes mala suerte, que se te ha gafado el día, qué, en definitiva todo pasa contra ti, porque no puedes vivir lo que tú te mereces, lo que habías planeado para tu satisfacción única y personal. Disolver la queja, abrazar el hecho como la única opción real que ahora acontece fomenta la visión creativa que puede acercar a tu Real Ser a la consciencia personal, y desde ahí contemplar una realidad que seguiría oculta si prefieres seguir quejándote.

La crítica, nos saca del amor que somos, pues su naturaleza se arraiga en la “herejía de la separatividad pues como dijo Krishnamurti: “lo importante al vivir es la unidad, la armonía entre los seres humanos. Eso sólo puede suceder si hay armonía en cada uno, y esa armonía no es posible si existe cualquier forma de división dentro o fuera, externa o internamente.”  La separatividad, la idea que tiene el “yo” de una existencia separada, promueve la creencia de que él está exento de cometer el acto que está criticando al ver lo negativo en el otro como, algo ajeno a su naturaleza. Edward Bach insistía en la idea: , “…ellos serán del mismo tipo que el paciente porque de nuevo es un caso de lo similar repele lo similar, porque estamos situados entre aquellos que tienen las mismas faltas, más marcadas, para que nos demos cuenta del sufrimiento que estas acciones adversas causan.” Es decir, lo que vemos, que favorece en nosotros la crítica, es una excusa para no hacernos cargo de lo que en nosotros existe y permite contemplar el hecho aunque sea desde la repulsa del mismo. De ahí que cuando surge la crítica en nuestra mente, sea una nueva oportunidad para el trabajo interior. Si al percibirla en nosotros, antes de continuar con su desarrollo, nos preguntamos: ¿Esta crítica que estoy elaborando está podría hacerla sobre mí? ¿Nunca he actuado desde ahí? ¿De qué me beneficio al desarrollar la crítica? ¿Qué podría descubrir en mí para ampliar la idea de unidad si en lugar de desarrollar la crítica observara la similitud que en mí reside para poder construir un pensamiento de esta índole?  Observado y descubierto la similitud con acciones realizadas en otro tiempo, quizás podamos entender la acción desde otro perfil más compasivo, pues como dijo el gran maestro de Galilea: “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

La justificación es una estrategia del yo para que el alma no pueda asumir la responsabilidad de su existencia. Justificamos para defender una imagen, distorsionada, antigua de nosotros que no corresponde con lo que realmente somos. Asumir, con consciencia nuestros actos, nuestras prioridades; hacernos conscientes de que lo realmente estamos sosteniendo, manteniendo, creando en nuestro mundo, disolvería de inmediato la necesidad de justificar.

Aquello que verdaderamente hacemos, aunque digamos que queremos hacer otra cosa, es lo que define nuestra naturaleza, “por sus actos les conoceréis” La congruencia es la resultante de mantener en la consciencia personal el pensamiento, la emoción y la acción dirigida hacia un objetivo concreto, y asumir cualquier valoración que podamos recibir de los otros mientras nos sostenemos en nosotros mismos realizando aquello que consideramos justo en cada instante. Justificar pues denota falta de autenticidad, pues todavía necesitamos excusas para vivir de acuerdo a nuestro sentir, a lo que realmente somos, pues no estamos del todo contentos con lo que realmente somos.

También aparece esta fórmula evasiva del yo, cuando con su exposición, este, quiere obtener alguna ventaja, es decir, cuando no atendiendo a lo que se le reclama busca algún recurso evasivo que le exima de responsabilidad para seguir manteniendo la imagen que le favorece ante lo otro. Cómo ya hemos dicho, el otro siempre es el ser proyectado, la evidencia de lo que soy y quiero eludir en mi consciencia. “dios lo ve todo”  de ahí que justificarme ante otro es una vez más justificar ante mí, hacerme creer a mí mismo con un discurso vano y falto de congruencia que quería hacer lo que nunca he hecho. La disolución de la justificación denota un grado de madurez que permite la integración de las áreas de inconsciente que estaban impidiendo mantener una dirección voluntaria, consciente y definida.

Y por último reflexionaremos sobre el reproche y la demanda, como una actitud vincular que nace de la idea de “derecho” que el yo se otorga a sí mismo por sus propias consideraciones. Quiero reproducir este texto de Edward Bach, que aunque un poco largo, incide directamente sobre la falsa creencia desde donde se otorga el yo la idea de derecho sobre cualquier otra persona y sus consideraciones hacia ella: “…Lo peor de todas (refiriéndose a la codicia) es la codicia de poseer a otra persona. Verdaderamente, esto es tan común entre nosotros que se considera casi como un derecho y además apropiado: sin embargo esto no mitiga el daño: porque desear poseer o influenciar a otro individuo o personalidad, es usurpar el poder de nuestro Creador.

¿Cuántas personas libres pueden contar entre sus amigos o familiares? ¿Cuántas hay que no estén atadas, o influidas, o controladas por algún otro ser humano? ¿Cuántas hay que puedan decir:- día tras día, mes a mes, y año tras año, “Solamente obedezco los dictados de mi Alma, inconmovible ante las influencias de otras personas?”. Y aun así, cada uno de nosotros es un Alma libre, solamente responsable de nuestras acciones ante Dios, siempre, incluso de nuestros pensamientos más íntimos.

Posiblemente la lección más grande de la vida es aprender a ser libres. Libres de las circunstancias, del ambiente, de otras personalidades, y sobre todo de nosotros mismos: porque hasta que no seamos libres somos totalmente incapaces de dar y servir a nuestros semejantes.

Recordemos que si estamos enfermos o sufrimos dificultades: si nos rodean relaciones o amigos que pueden molestarnos: si tenemos que vivir entre aquellos que nos gobiernan y mandan, interfiriendo en nuestros proyectos y obstaculizando nuestro progreso, es porque lo ocasionamos nosotros: es porque hay todavía dentro de nosotros algún vestigio que renuncia a conceder la libertad a alguien: o falta de coraje para reclamar nuestra propia individualidad, nuestro derecho de nacimiento.

Demandar: querer que el otro haga algo, que se entiende lícito, por el derecho que uno se otorga sobre él, y reprochar: condenar la acción por no haber coincidido con lo que uno quería del otro. Nace de la atribución posesiva que el yo se ha auto conferido para sí en relación a otro que ha dejado de existir como Ser, para pasar a ser una extensión de satisfacción del yo que lo posee.

La posesión, como expresión vinculante nace de la idea del yo, de que cualquier “ente” al ser “suyo” (mis hijos, mi pareja, mi ciudad, mi amigo, mi grupo…) ha de complacerle.

Desde esta creencia actúa el yo en la relación egocéntrica, posesiva o demandante: Lo que es mío no puede ser de nadie más, ni siquiera de sí mismo pues eso invalidaría la idea de mío. Por ello, como es mío yo velaré por él o ella, ya que de mí depende su existencia, pues, al ser mío, no tiene existencia propia si no es a través de la extensión de la mía. Él o ella es mi prolongación, antes de mí no era, ya que existe en mi mundo por mi elección y a este mundo ha de someterse si quiere seguir existiendo, pues cualquier otro mundo no es adecuado para él, que yo soy. Mi mundo le proporcionará la seguridad y el cuidado para que me dure mucho tiempo y así siga satisfaciendo mi necesidad vincular. La relación en sí misma le otorga el derecho a exigir, a demandar, a reprochar, incluso a castigar si su comportamiento no fomenta la sensación de bienestar que espero de ello.

Si se reflexiona sobre este proceder es fácil encontrar la causa de la desdicha entre humanos, y quizás desvele una nueva cualidad del Amor que tanto hemos buscado y que sombrío hemos expresado ligándolo a nosotros como fuente,  principio y fin de algo que no es Humano. Amar pues es renunciar al amor como símbolo de pertenencia. En ausencia de amado o amada, el amor nos toma y siendo la Vía de su infinita gracia favorece la dicha del otro sin apego a mí.

En este momento de mi vida, pagadas la deudas, rendidas las cuentas a los arquetipos, cerrado el baúl familiar, cumplido con creces mi “rol”  me dispongo a explorar el Amor aunque en ello me vaya la vida, que seguramente será el precio que gustoso pagaré al sentir y saber de mí en soledad y abrirme a lo que he sido siempre y nunca he podido expresar consciente.

Amar sin retener, como un corazón humilde que se vacía al instante por Amor a sus hermanos, hígado, riñón… Amor sin que duela el vacío tras soltar la retención que por aprendida y lógica práctico para saber cuál lejano estoy de soltar gozando en la dicha del Uno. Gozar cuando tú gozas aunque no sea conmigo, saber de tu dicha lejos de mí y sentirme lleno por ello.

Amor es cuando “yo” no detengo aquello que sin mí sigue siendo y a través de mí siento como mío. Cuando nada tenga, cuando nada sea mío, cuando fluya la vida y yo no lo sepa quizás el Amor se sostenga.

Disolver la queja, la crítica, la justificación y el reproche permite que el Amor me sostenga en Él.

Seguimos amando.

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