En esta ocasión seguimos con la Alegría como colofón de la Paz:

Si ya sentiste la Paz en ti, seguro que puedes saborear la Alegría. Este estado, como el anterior, es fruto de la conexión con la dimensión del verdadero Ser, tu Real Ser. La alegría no es felicidad aunque contenga a ésta al vivirla en el “Yo”, no es satisfacción aunque uno se sienta pleno; no es euforia aunque  la vitalidad esté presente, ni entusiasmo al saber que podríamos emprender cualquier cosa que quisiéramos. Es un estado sereno, pleno y generoso que se colma de sentires dichosos al contemplar la Vida e interactuar con la Maravilla de la creación sabiéndose “Vivo”, existiendo. Saber de la existencia en sí mismo, ser la existencia consciente es un atributo del Alma que siempre está acompañado por su color, Alegría.

La Alegría ha quedado relegada a una cota de ser casi imperceptible para el “Yo” de este tiempo, pues éste busca la existencia en la intensidad, en la sensación, en el desborde desde la emoción, en una escalada de progresión aritmética hasta la aniquilación si fuese necesario. Pues no le vale al yo sentir con la misma intensidad que ayer, pues él siempre quiere más y lo logra incrementando la dosis, amplificando la sensación con cualquier tipo de experimentación o se ubicará en la polaridad opuesta al decir que ya no siente nada. Por ello la serena presencia de la Alegría es insuficiente para el desbordante deseo de más, de intensidad sin final que busca aquello que no es Amor sino placer, sensación y en la medida que los receptores se debilitan, lo que ayer satisfacía hoy ya no alcanza el umbral.

Ya lo escribió el Marques Caracciolo:  Si la alegría fuera una pasión, serían sus impresiones menos tranquilas , y mucho más agradables: pero al modo de aquellos dulces zefiros que esparcen su aliento sobre las ondas; así la alegría, remueve el corazón sin turbarle, despierta el espíritu sin agitación, y pasea la imaginación sin extraviarla.

La proliferación de la intensidad como “marca” vitalista, el excentricismo exhibicionista en nuestra sociedad actual como logro de felicidad, ha eclipsado al sentimiento sereno y casi anónimo, excepto para el ser que lo experimenta y los seres sensibles que comparten ese encuentro, y se ha fomentado la búsqueda de la felicidad histriónica por disponer nuestra atención exclusivamente hacia el exterior, buscando una mayor dosis de satisfacción a través de las sensaciones amplificadas a las que hoy llamamos felicidad.

Por ello la felicidad, que no la Alegría, depende de la obtención de un logro, de la coincidencia de lo deseado con lo que se está viviendo, al quedar colmado el yo que lo deseó, exhausto de satisfacción y así calmado y feliz hasta que vuelva a sentir el tedio en una vida exenta de Paz y busque de nuevo la “felicidad” compensatoria, donde lo vivido será lo proyectado hacia el futuro que deberá de volverse a dar, exactamente o un poco más, para que la sensación de felicidad vuelva a la consciencia y pueda sentirse satisfecho una vez más y así hasta la exterminación del “Yo”.

La euforia es un estado exaltado que aparta a la serenidad consciente de nuestra percepción y potencia las supuestas capacidades del “Yo” exponencialmente sin ningún rigor experiencial personal. De ahí que desde la euforia sintamos que podemos con todo: Física, emocional y mentalmente. Esa fuerza desbordada y tensa, esa inminente necesidad de “conquistar”, ya sea en la barra de un bar, en el inicio de una nueva empresa o en los amores efímeros de una noche de verano, no estará cuando haya que hacerse cargo de lo activado, de los compromisos adquiridos y del desgaste ocasionado en los vehículos que esa fuerza utilizó al sentirse invencible.

Cerramos las descripciones de lo que no es Alegría con el entusiasmo. Este es muy similar a la euforia, pero a diferencia de ella su acción se manifiesta sobre todo en la necesidad de contagiar a todos de su intensidad. Podríamos decir que la Euforia es un fuego inicial que promueve la acción por la novedad que supone lo emprendido y necesita hacer partícipes a los demás de su actividad. Más tarde aparecerá el tedio de la rutina, la desilusión y la insatisfacción como contrapunto de la tensión polar inversa en la que nos colocó nuestro “Yo”. Una vez más nos encontramos en el mundo dual, en el tiempo, y desde ahí los pares de opuestos oscilan complementándose y compensándose continuamente. Si buscas placer, sabrás del dolor; si satisfacción, desánimo; si arrancas desde la euforia conocerás el tedio; si te entusiasmas con los inicios sentirás la desvitalización posterior y así desde la repetición polar vivirás sin experimentar el eje central que te haría escapar de la pesadilla de la oscilación.

La Alegría es del ahora, de la consciencia del ser que se reconoce en sí y en todo lo que rodea, advierte la belleza, se siente vivo y eso es un acontecimiento único, mágico, mistérico que puede llegar a ser numinoso. Hemos perdido de vista la Maravilla de la existencia, la Alegría de ser consciente, de respirar y saberse vivo y nos hemos centrado en la satisfacción de los sentidos, en la búsqueda de una mayor sensación hasta que hemos logrado sepultar bajo miríadas de estímulos el pálpito de la Plenitud, la esencia de nuestra verdadera dimensión trascendente. Mirad a los niños que no son refrenados por las normas de las mentes paternas, para ellos todo es descubrimiento, Alegría de saberse, de Ser e interactuar con ellos mismos a través de lo que perciben de ellos en el exterior.

Ya lo dijo el gran maestro de Nazaret: y dijo: En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

La próxima entrega será el punto número 2.

Hasta entonces seguimos amando desde la Alegría.

 

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